Últimamente empieza a asaltarme una
sensación. Se sienta a mi lado y se queda ahí mirando las paredes
mientras poco a poco se apodera de mí hasta que no puedo pensar en
otra cosa, y es entonces cuando desisto de esta vida. Esa sensación
hace que me sienta parte de nada. Y después llegan toneladas de
deseos que me estrían las manos y las dejan inservibles. Me tumbo y
pienso que la mejor opción sería renacer, y me imagino volviéndome
nada y naciendo preparado para serlo todo. Y abro los ojos para
toparme con una realidad que me abofetea hasta hacerme ver que el
aquí y ahora no me lo permiten.
Solo me queda irme a otro lugar.
Plantarme donde sea, pero empezar de cero, donde no me conozcan ni
las motas de polvo y el aire sea nuevo y deba acostumbrarme a una
nueva vida, y modelarla a mi antojo para así sentirme vivo a la vez
que cada vez más muerto, sin preocuparme por eso, porque entonces
será el aquí y ahora que siempre he deseado, y me sentiré lleno de
colores vivos y lunas llenas con coronas brillantes.
Luego llega otra sensación, la que más
me duele Y no se sienta a mi lado, sino que de pie me mira a la cara,
junta sus ojos con los míos y me atraviesa hasta ocupar todo mi ser:
la cobardía. La cobardía se apodera de mí y me echa hacia atrás,
me agarra los hombros hasta tirarme al suelo y hacerme sentir parte
de esa tierra que rechazo, que no siento mía, que no me gusta, que
me llena la sangre de tierra seca, que me enerva, pero que por
obligación es la mía y la que voy a seguir tragando hasta que un
día me ahogue y desaparezca.
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