Recuerdo que a tu lado me crecieron estas alas que un día no me dejaban tocar con los pies en el suelo. Iluminaban mi vida, mis ojos y la carne de mis muslos día a día, mientras realmente solo me rodeaban toneladas de soledad y basura. Yo no quería verlo. O no podía, ya no lo sé. Una a una las plumas de mis alas empezaron a caer poco a poco, lentamente, sin parar, una, otra, otra y otra. Al principio no me dolía, pero las últimas me dejaban unos sarpullidos enormes que muchas veces terminaban sangrando. Las alas desaparecieron. Las yemas de mis dedos de los pies siguieron sin tocar el suelo. No volaba. Ahora era una soga la que me rodeaba el cuello. Apretaba, y ahogaba. El mundo iluminado empezó a volverse negro. Esta vez no fue poco a poco. Esta vez fue de repente, sin avisar. Todo negro. No sé de dónde saqué la fuerzas. Estiré los pies de tal manera que los oí crujir hasta que conseguí posarlos en el suelo. Lentamente vi cómo volvía a aparecérseme el mundo. Distinguía formas, colores y, sobre todo, distinguía personas, y no solo te veía a ti. Arranqué la cuerda haciéndome daño en el cuello y en un costado, por la rapidez del movimiento. Valió la pena. Fue la última vez que sentí dolor.
Tenía la soga en la mano. Y a ti, delante. Podría haberte asfixiado en apenas segundos. Tú contabas con la ventaja de la fuerza. Yo con la ventaja de que estabas desprevenido. No lo hice. No quería ser como tú. No quería que mis manos fueran las culpables de la oscuridad del mundo de alguien. Coartaste mi mundo hasta reducirlo a ti. En mi mundo ni siquiera existía yo mismo. Todo eras tú.
Mi mundo nunca volvió a refulgir como lo hizo cuando las dos alas vivían en mi espalda, pero lo prefería así, porque al menos los destellos de luz que había en mi vida dependían de mí, de mis actos, y no de los de otro. Eran pequeños chispazos que conseguían que me guiara, no sin tropezar, por el camino. Mi camino. El que yo marcaba. El que mis pies decidían. Los pies en el suelo. Para siempre. Nunca más se despegaron de él.