domingo, 23 de junio de 2013

Yo no lo elegí.

Yo no elegí esto. Yo no elegí vivir. Ni respirar. Ni seguir viviendo. No elegí que me gustaras. No elegí enamorarme. No elegí tampoco que llegaran los finales con esa rapidez con que llegaron. Hoy tampoco he elegido levantarme. La inercia empieza a elegir qué hago y cómo lo hago. Me siento, me levanto, me tumbo, camino, corro, te beso. Nada, no elijo nada. Ni siquiera sé si quise besarte. Una vez elegí tus labios. Lo recuerdo. Me dije: sí, tienes que tenerlos. Y los tuve. Y tú me los diste. Hoy no me apetece que me los des. No me apetece elegir nada. Solo me apetece dejarme llevar. No sé si es porque creo en el destino, o porque lo detesto y lo dejo hacer a su antojo. Y me siento absurdo, no creas. Pero ya se me irritan los ojos, se me cansan las piernas y se me rinden las manos de volver a tener control sobre mí mismo. Lo he intentado, juro que lo he hecho. Pero desistí. Quizás soy cobarde, o simplemente he nacido para ser una hoja que va dando bandazos por culpa de un viento adverso. Y ya creo que me voy. O que algo me lleva. Sí. Ya está. No sufras, ya bastante he sufrido yo. Voy a tumbarme aquí, voy a dejarme en este suelo hasta que llegue y me lleve adonde quiera. Que me meza hasta que yo me duerma y diga adiós. Sin haberlo elegido, como nunca elegí nada.

viernes, 21 de junio de 2013

Bésame los párpados.

Bésame los párpados 
mientras yo cierro con rabia los ojos, 
porque despierto te me vuelves de sueño
y me es imposible creerte real. 

Hazme creer que el tiempo no pasa, 
que la gente no muere, 
y que tú vives en mí para siempre. 
Dame excusas para seguir viviendo,
y razones para que no me importe morir.
Explícame la vida en tu regazo,
dibujándome el mundo en tu ombligo.
Átame los miedos al suelo
y hazme volar bien lejos de ellos.



martes, 18 de junio de 2013

"Y bailar, y bailar, y bailar..."


El odio de las lenguas viperinas te abrió surcos en las mejillas y alimentó tu odio: le dio alas, para inmiscuirse entre tus pechos y convertirse en lo que te hacía vivir. La mirada se te oscureció hasta hacer volver atrás cualquiera que se cruzaba en tu camino. Desconfiado y solo, decidiste condenarte a ti mismo al aislamiento. No importaba quién pasara por tu lado, tú ni te inmutabas. Podía venir una tormenta que derrumbara al mundo, que tú seguías impasible, sintiéndote arrastrado por esa oscuridad que brotaba desde lo más hondo de tus ojos. Para ti solo pasaba el tiempo, era lo único que tenía efecto en ti: los hombros ya se resignaban a cargar con tu peso. Y decidiste irte, como quien decide respirar, como quien siente que es su fuerza natural, como si tu vida hubiera sido eso: un continuo huir, un no sentirse parte de ahí, un no ser quien eras.
Querías irte sin dejar rastro, sabías que nadie te echaría en falta, porque nadie añora las naturalezas muertas. 

De repente una sonrisa se cruzó contigo, sentiste cómo te cogía la mano, te volvía radiante y te hacía girar y girar hasta empezar a bailar y despojarte de todas las cadenas de aquellos años, de los desprecios y las dudas. Crujieron tus mejillas al empezar a sonreír y tu cuerpo se desentumeció para seguir bailando sin parar.
Seguiste bailando durante años de su mano, un baile que hipnotizaba a las gentes, que atraía colores y ahuyentaba las fieras.

lunes, 10 de junio de 2013

Lola.

Tendríais que haberla visto,
vestía aquellos ojos negros,
grandes y abiertos los lucía,
y la vida con ellos se quedaba pequeña.

Cuantísimas veces la quise acariciar,
o que con sus dedos me sublimara.
La soñé soñar para que me tocara
y me soñé vivir para seguir respirando.

Su reflejo enturbiaba las aguas,
las volvía de piedra con solo mirarlas,
como todo aquel que la cruzara,
la  sangre helada, el paso preso.

Por las noches siempre cantaba
desde lo más hondo de su penar,
que aquello calmaba su dolor, decía,
y le ayudaba a continuar.

Una noche se apagó aquel canto,
sonó desgarrado entre la oscuridad,
inundó el pueblo con un grito seco,
Lola se marchó para poder olvidar.



domingo, 9 de junio de 2013

Domingo (siempre he odiado los domingos).

Eran domingos de no dormir, con esperanza de que alguien me mantuviera en vela. Días de apagarse para refulgir al día siguiente con los más vivos colores. De verse desde fuera y pensar que estás bien así, aun cuando sabes que no es verdad, que si pudieras, mañana mismo te cambiarías por cualquier otro. Reflexiones que no van a ninguna parte, que te hacen dibujarte unas alas en la espalda, grandes, blancas, que al momento se evaporan y llenan el aire de polvo que te ahoga.

Y no viene nadie a rescatarte. Tienes que ir tú y llenarte el pecho de flores y encaramarte a la vida, como si fuera una ola enfurecida, y agarrarte para resistir. Al fin y al cabo, de eso se trata: de subir y bajar, de sentir que estás arriba porque algún día estuviste saboreando el suelo.

viernes, 7 de junio de 2013

Gloria.

El retrato de Gloria inundaba todas las paredes de aquella habitación. 
Fue la obsesión que lo había mantenido con vida todos aquellos años. Sabía dónde vivía ella, dónde trabajaba, y dónde solía tomar el té mientras dirigía miradas a los viandantes imaginando cuán perfecta sería su vida del brazo de cualquiera de esos hombres. A veces hasta creía que uno de ellos la ojeaba y entonces sus labios empezaban a curvarse pero de repente veía que la mirada del individuo se dirigía hacia la mujer rubia que se sentaba detrás de ella con acento portugués y medidas envidiables. Entonces su sonrisa decaía junto con sus ojos, permanentemente tristes y apagados, una descripción de la vida de Gloria, una contradicción con aquel nombre que tanto la martirizó a lo largo de su vida. 
Él le cogía tiernamente con la mirada aquella mano blanca y frágil mientras sus ojos recobraban el brillo y la sal que no tenían cuando Gloria en ellos no se reflejaba.
Desde el balcón donde la miraba solía susurrarle canciones en francés, pues le habían dicho que ese era el idioma del amor. Le cantaba muy bajito y se imaginaba que la tomaba entre sus brazos y que el mundo era un torbellino en que los dos caían para siempre, y esa era la vida que él quería. 

Cada tarde salía a esperarla. Podría haber sido la historia de amor más típica del mundo, en que se miran, se enamoran, se besan, se desnudan, se hacen el amor, se visten, se ríen, se lloran, se sienten, se despiden y se duelen.

Pasaron veinte años. La cara de Gloria era un espejo del revés: mostraba su realidad más honda. Sus ojos presagiaban desgracias. Y murió. Lo hizo en el mismo café en que había tomado miles de tés, donde el amor de su vida la había contemplado como la más perfecta de la esculturas hechas jamás. Él la vio morir. Sintió una ráfaga de aire que entraba en su corazón para quedarse. 

A lo largo de sus vidas, sus corazones se habían dado cuerda mutuamente.

El de Gloria se paró a las cinco de la tarde. El de él, a las cinco y dos minutos.