El retrato de Gloria inundaba todas las paredes de aquella habitación.
Fue la obsesión que lo había mantenido con vida todos aquellos años. Sabía dónde vivía ella, dónde trabajaba, y dónde solía tomar el té mientras dirigía miradas a los viandantes imaginando cuán perfecta sería su vida del brazo de cualquiera de esos hombres. A veces hasta creía que uno de ellos la ojeaba y entonces sus labios empezaban a curvarse pero de repente veía que la mirada del individuo se dirigía hacia la mujer rubia que se sentaba detrás de ella con acento portugués y medidas envidiables. Entonces su sonrisa decaía junto con sus ojos, permanentemente tristes y apagados, una descripción de la vida de Gloria, una contradicción con aquel nombre que tanto la martirizó a lo largo de su vida.
Él le cogía tiernamente con la mirada aquella mano blanca y frágil mientras sus ojos recobraban el brillo y la sal que no tenían cuando Gloria en ellos no se reflejaba.
Desde el balcón donde la miraba solía susurrarle canciones en francés, pues le habían dicho que ese era el idioma del amor. Le cantaba muy bajito y se imaginaba que la tomaba entre sus brazos y que el mundo era un torbellino en que los dos caían para siempre, y esa era la vida que él quería.
Cada tarde salía a esperarla. Podría haber sido la historia de amor más típica del mundo, en que se miran, se enamoran, se besan, se desnudan, se hacen el amor, se visten, se ríen, se lloran, se sienten, se despiden y se duelen.
Pasaron veinte años. La cara de Gloria era un espejo del revés: mostraba su realidad más honda. Sus ojos presagiaban desgracias. Y murió. Lo hizo en el mismo café en que había tomado miles de tés, donde el amor de su vida la había contemplado como la más perfecta de la esculturas hechas jamás. Él la vio morir. Sintió una ráfaga de aire que entraba en su corazón para quedarse.
A lo largo de sus vidas, sus corazones se habían dado cuerda mutuamente.
El de Gloria se paró a las cinco de la tarde. El de él, a las cinco y dos minutos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario