Eran domingos de no dormir, con esperanza de que alguien me mantuviera en vela. Días de apagarse para refulgir al día siguiente con los más vivos colores. De verse desde fuera y pensar que estás bien así, aun cuando sabes que no es verdad, que si pudieras, mañana mismo te cambiarías por cualquier otro. Reflexiones que no van a ninguna parte, que te hacen dibujarte unas alas en la espalda, grandes, blancas, que al momento se evaporan y llenan el aire de polvo que te ahoga.
Y no viene nadie a rescatarte. Tienes que ir tú y llenarte el pecho de flores y encaramarte a la vida, como si fuera una ola enfurecida, y agarrarte para resistir. Al fin y al cabo, de eso se trata: de subir y bajar, de sentir que estás arriba porque algún día estuviste saboreando el suelo.
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