Yo no elegí esto. Yo no elegí vivir. Ni respirar. Ni seguir viviendo. No elegí que me gustaras. No elegí enamorarme. No elegí tampoco que llegaran los finales con esa rapidez con que llegaron. Hoy tampoco he elegido levantarme. La inercia empieza a elegir qué hago y cómo lo hago. Me siento, me levanto, me tumbo, camino, corro, te beso. Nada, no elijo nada. Ni siquiera sé si quise besarte. Una vez elegí tus labios. Lo recuerdo. Me dije: sí, tienes que tenerlos. Y los tuve. Y tú me los diste. Hoy no me apetece que me los des. No me apetece elegir nada. Solo me apetece dejarme llevar. No sé si es porque creo en el destino, o porque lo detesto y lo dejo hacer a su antojo. Y me siento absurdo, no creas. Pero ya se me irritan los ojos, se me cansan las piernas y se me rinden las manos de volver a tener control sobre mí mismo. Lo he intentado, juro que lo he hecho. Pero desistí. Quizás soy cobarde, o simplemente he nacido para ser una hoja que va dando bandazos por culpa de un viento adverso. Y ya creo que me voy. O que algo me lleva. Sí. Ya está. No sufras, ya bastante he sufrido yo. Voy a tumbarme aquí, voy a dejarme en este suelo hasta que llegue y me lleve adonde quiera. Que me meza hasta que yo me duerma y diga adiós. Sin haberlo elegido, como nunca elegí nada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario