martes, 14 de enero de 2014

Dejo mis puertas abiertas.

Tú, con tu vida de funambulista
en mis pestañas balanzeándose,
la mía se convertía en cuesta arriba
mientras buscaba en todos los espejos.

Señálame dónde debo dejarte,
dime dónde deshacerme de ti,
porque esta voz no hay fuerza que la calle
y te oigo entrar cuando siempre sales.

Dejo mis puertas abiertas. No temas
mis demonios, los tengo bajo llave
y solo ante peligro de que llueva
salen de mis ojos rojos de esperarte.

El destino aquí no tiene cabida:
ni tampoco dejaré entrar el tiempo.
Enemigos que persiguen mi vida
que es tuya cuando a mí me falta aliento.

sábado, 4 de enero de 2014

Luces.

No es rencor, querido, no. Es rabia. O no, no sé qué siento. Estoy perdido, y ya han apagado las luces. Podría alargar las manos, pero la nada no me llama. Prefiero la frialdad de esta silla y el viento azotando las ventanas. Y es de noche. Y aunque el sol brillara y me quemara las pupilas seguiría siendo de noche. Me has anochecido.

Déjame que te desdibuje. Hasta que de ti no quede más que una sombra. Otra sombra más. Voy a desvestirte de ese tono único del que te he embadurnado. Pasarás a ser parte de la amalgama que hace los coros a mi vida. Tu voz será como el viento, la lluvia o una roca que se despeña: no le prestaré ninguna atención.

Si esto es dolor no lo sé. No quiero preguntarme qué es, por si me da por responderme y resulta que estoy roto por dentro. Sí, quizás me miento, pero déjame. Déjame creer que me sienta bien la mentira. La verdad está sobrevalorada, y yo ahora no la quiero. No quiero verdades, porque serían pequeñas cuchillas arrastrando mi piel arriba y abajo hasta desgarrarla.

Has escrito sin quererlo en mi piel. Y me siento bien. Estaba cansado ya de una piel tan blanca, tan limpia e impoluta. De eso se trata esto de vivir, supongo. De escribir, reescribir y corregir. Van encendiendo las luces ya, un momento, no se vayan, creo que volveré. Me están llamando, ya salgo.