sábado, 4 de enero de 2014

Luces.

No es rencor, querido, no. Es rabia. O no, no sé qué siento. Estoy perdido, y ya han apagado las luces. Podría alargar las manos, pero la nada no me llama. Prefiero la frialdad de esta silla y el viento azotando las ventanas. Y es de noche. Y aunque el sol brillara y me quemara las pupilas seguiría siendo de noche. Me has anochecido.

Déjame que te desdibuje. Hasta que de ti no quede más que una sombra. Otra sombra más. Voy a desvestirte de ese tono único del que te he embadurnado. Pasarás a ser parte de la amalgama que hace los coros a mi vida. Tu voz será como el viento, la lluvia o una roca que se despeña: no le prestaré ninguna atención.

Si esto es dolor no lo sé. No quiero preguntarme qué es, por si me da por responderme y resulta que estoy roto por dentro. Sí, quizás me miento, pero déjame. Déjame creer que me sienta bien la mentira. La verdad está sobrevalorada, y yo ahora no la quiero. No quiero verdades, porque serían pequeñas cuchillas arrastrando mi piel arriba y abajo hasta desgarrarla.

Has escrito sin quererlo en mi piel. Y me siento bien. Estaba cansado ya de una piel tan blanca, tan limpia e impoluta. De eso se trata esto de vivir, supongo. De escribir, reescribir y corregir. Van encendiendo las luces ya, un momento, no se vayan, creo que volveré. Me están llamando, ya salgo.

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