El odio de las lenguas viperinas te abrió surcos en las mejillas y alimentó tu odio: le dio alas, para inmiscuirse entre tus pechos y convertirse en lo que te hacía vivir. La mirada se te oscureció hasta hacer volver atrás cualquiera que se cruzaba en tu camino. Desconfiado y solo, decidiste condenarte a ti mismo al aislamiento. No importaba quién pasara por tu lado, tú ni te inmutabas. Podía venir una tormenta que derrumbara al mundo, que tú seguías impasible, sintiéndote arrastrado por esa oscuridad que brotaba desde lo más hondo de tus ojos. Para ti solo pasaba el tiempo, era lo único que tenía efecto en ti: los hombros ya se resignaban a cargar con tu peso. Y decidiste irte, como quien decide respirar, como quien siente que es su fuerza natural, como si tu vida hubiera sido eso: un continuo huir, un no sentirse parte de ahí, un no ser quien eras.
Querías irte sin dejar rastro, sabías que nadie te echaría en falta, porque nadie añora las naturalezas muertas.
De repente una sonrisa se cruzó contigo, sentiste cómo te cogía la mano, te volvía radiante y te hacía girar y girar hasta empezar a bailar y despojarte de todas las cadenas de aquellos años, de los desprecios y las dudas. Crujieron tus mejillas al empezar a sonreír y tu cuerpo se desentumeció para seguir bailando sin parar.
Seguiste bailando durante años de su mano, un baile que hipnotizaba a las gentes, que atraía colores y ahuyentaba las fieras.
Eres impresionante.
ResponderEliminar