Se mostraba desnudo por primera vez delante de él. Sabía que no sería la última. Notaba cómo, a medida que se iba desprendiendo prenda por prenda de toda su ropa, la coraza que lo había protegido durante tanto tiempo de insultos, humillaciones y prejuicios se fundía y se colaba entre sus poros hasta entrar en su corazón y desaparecer para siempre. Se sentía libre. Se sentía él. Hasta ese preciso momento había odiado su cuerpo, pero la mirada de él empezó a embellecerlo centímetro por centímetro hasta que lo hizo sentirse el hombre más atractivo del mundo. Por lo menos, él lo sintió así. Y con eso ya bastaba. Él ya era feliz. Despojado de todo complejo, duda, extrañeza miedo y dolor se entregaba completa y deliberadamente a los brazos de él. Empezó a no sentir dónde terminaba su cuerpo y dónde empezaba el otro. Cuatro brazos. Cuatro piernas. Dos bocas. El mundo peleaba mientras ambos se nutrían mutuamente dándose la plenitud. Sentía cómo las heridas cauterizaban al momento y empezaba a depender de él como el fuego depende del aire y la vida depende de la muerte. Si en ese momento hubiera huido, habría sentido cómo se desgarraban todos sus órganos hasta dejarlo agonizando saludando a la muerte.
Y huyó
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