sábado, 5 de enero de 2013

Se coló en mi mundo como una hoja fugitiva.

Se coló en mi mundo como una hoja fugitiva cayendo de su árbol y yendo a parar a una ventana cualquiera. Cuando quise darme cuenta cada noche lo tenía en mi cama. Y cada día lo tenía en mi vida. Recuerdo que sentía como si en vez de amor y sexo me estuviera dando el más cruel de los venenos. Yo sufría. Y no sé él qué sentía. Pero yo sufría. Era un veneno poco eficaz, pues muchas veces ni siquiera notaba que me iba matando. La sensación llegaba un día al azar. En un bar. En un baño. En una parada de autobús. Mis ojos gritaban su nombre con gotas enormes de lágrimas y yo solo quería desfallecer e inmiscuirme dentro de las lágrimas y dejar de existir para siempre. El veneno día a día se hacía más potente. Los deseos de dejar de seguir siendo eran cada vez más frecuentes. Las noches eran mi antídoto. Su presencia me daba ese placer que solo da lo prohibido. No sé si era prohibido, pero dolía. Mucho. Y me gustaba.

Me propuse ignorarlo. Pero todas las bocas hablaban en su nombre. No soy débil, pero me desarmaba, me cogía los brazos, me inmobilizaba y el resto no lo recuerdo. Entraba en una vorágine de placer que me provocaba la inconsciencia más profunda. Recuperaba el sentido convencido de que su aliento seguía calentándome el pecho. Era todo ilusión. O así me lo hacía creer. Abría los ojos y me encontraba en la más desesperante de las soledades. La soledad era una araña de ocho patas que, con cara colérica, me atrapaba entre telarañas y me negaba cualquiera de mis sentidos.

Recuerdo también el día que se fue. Tal como había llegado. La hoja voló de la ventana y se la llevó el viento lejos de allí. Heridas irreversibles llenaban mi cuerpo entonces. Intenté borrarlas, o curarlas, con manos ajenas que palpaban mi cuerpo a tientas buscando un ápice de placer que yo no podía proporcionar. Pero esos antídotos no eran más que placebos. Al día siguiente volvía a encontrármelas en carne viva aquí y allá sin encontrar remedio alguno que calmase ese dolor que me hacía desear la muerte, aunque fuera de la manera más cruel y sangrienta. Pero necesitaba un fin. Siempre pensé que la muerte no era más que el alivio de la vida.

Deseaba no haber vivido. No haberme conocido. Quería volver al útero del que había nacido y convertirme otra vez en la nada que algún día fui y no valoré.

Ya no recuerdo si me maté o si algún día decidí vivir para siempre.

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