Eran días de quinientas horas y ninguna luna,
de canciones desesperadas hablando de ti y de mí
sin hablar en ninguno momento ni de ti ni de mí,
y de gritar para acercar los miles de kilometros,
para volverlos pequeños y meterlos en mi mano
y así tener la tuya cerca de mi pelo.
Las noches no hacían más que nutrir mis sueños
y construir palacios llenos de arena
donde existíamos ajenos al ruido del mundo
y dibujábamos mariposas en nuestros cuerpos
que se marchaban cuando ellas mismas decidían
porque allí nada ni nadie llevaba prisas.
Luego mis párpados se abrían a la noche,
el cristal estallaba y la arena se derramaba,
nuestros cuerpos se alejaban y la luna se ahogaba.
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