Esos ojos que me miraban no me convertían en un dios que controlara la fuerza de los vientos o que decidiera cuándo comenzaba o terminaba el mundo. Tu mirada me hacía descender al más real de los mundos, adonde las manos tocaban y al apretar dolían, adonde la saliva humedecía y las uñas dibujaban mapas en los cuerpos sin pensar dónde llevarían. Los deseos más oscuros tomaban mi cuerpo, que quería hacerse con el tuyo para no soltarlo nunca y sentirlo cerca, tan cerca que quemara e hiciera sentir latidos hasta confundir uno con otro.
Gritaba tu nombre y tu boca lo acallaba mientras susurrabas el mío y hacías que hasta las paredes se avergonzaran de lo que no tienen más remedio que contemplar y envidiar.
Los complejos ardían en piras y nos volvíamos perfectos.
Una perfección falsa, pero tan auténtica como lo era tu ombligo.
La blancura se apoderaba de mi ser y mi mirada durante unos segundos en los que ni el más afilado de los cuchillos podría haberme hecho sentir el más mínimo dolor.
Y que los sueños no alcancen nunca la realidad.
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