Jugábamos a no enamorarnos.
Queríamos que nuestros dedos no se marcaran como fuego en la piel del otro y que se desvanecieran como lo hacen los mensajes de los enamorados escritos en la orilla de la playa cuando las olas deciden alargar su cuello y tragarse las promesas de amor que escribieron entre risas y besos. Nos tocábamos como se tocan los animales: sin pensar, sin augurar un futuro lleno de luces que nunca llega y nos quedamos con cara de bobos y un corazón hambriento de amor que muere de inanición.
Aun así, siempre fuimos ardientes. Ni las más ansiosas uñas podrían haber despegado aquella esencia tuya que se me pegaba a la piel y jueguetona huía por todo mi ser hasta quedarse en lo más hondo de mi alma.
Y nos enamoramos. Hasta tal punto que creíamos que aquello que vivíamos era felicidad y éxtasis.
Ahora sé que valía la pena, que basta creer que uno es feliz aunque se encuentre en el mismísimo infierno, pues la voluntad vence vientos, tempestades y hasta consigue reanimar corazones marchitos.
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