domingo, 24 de marzo de 2013

"Yo fui tu ambrosía, y tú, mi néctar."

Sálvame de mí mismo. De mis instintos que  atacan mi cuerpo y lo dejan magullado y me hacen cuestionarme si puedo seguir adelante. Yo sé que no puedo. Te empeñas en hacerme ver que sí, que hay luz, que hay oxígeno tras estas paredes llenas de cianuro y me miras con esa sonrisa que vale mi mundo, y el tuyo. Yo entonces me doy la vuelta y vuelvo a mis sombras y mis oscuridades y mis heridas sin sanar. Y tú me arrastras.

Coincidimos en un momento en el que yo tenía sed y tú tenías hambre. Yo fui tu ambrosía, y tú, mi néctar. Ambos habíamos sido víctimas de tormentas pero teníamos una vida que nos corría con fuerza por debajo de las uñas. Por eso nos tocábamos, y nos sentíamos. Tu tacto me daba vida. Me quitaba la muerte de los ojos y la hacía desaparecer. Se me encogían las entrañas cada vez que de mí te separabas. Las noches en las que dormía se hacían eternas. Me dolía no soñarte. Las tormentas volvían a mis sueños y yo caía entre olas enfurecidas que me arañaban el cuerpo e insistían en arrastrarme hacia una maraña de redes deshilachadas en las que quedaban mis dedos enredados y el aire se convertía en burbujas que salían de mi boca mientras yo intentaba respirar de nuevo, pero no era más que agua lo que invadía mi garganta hasta que mis ojos se nublaban y deseaba despertar con tantas fuerzas que hasta la respiración se me entrecortaba y tú simplemente acariciabas mi pelo y las redes me soltaban de repente y mis pulmones volvían a sentir la entrada del aire y seguía durmiendo sin más.

Estando contigo conseguía que la soledad me mirara intimidada desde un rincón y se alejara cada vez que yo te sentía cerca. Me hiciste vivir además de existir en el mundo. Y espero nunca poder encontrar las palabras que puedan describir cuánto te lo agradezco.

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