martes, 19 de marzo de 2013

El reflejo del espejo.

Llego a casa y me miro en el espejo. Me gustaría poder moldear la imagen que me devuelve y ponerle unos labios más carnosos, una piel más uniforme y arrancar un par de kilos de grasa solo con soplar  como soplé las velas de mi último cumpleaños: sin ganas. Me vuelvo a mirar y siento que quizás no estoy tan mal. Que no sé por qué pero en el fondo me gusto. Sí, mi cuerpo podría pasar por una copia mal hecha de la  Venus de Willendorf, pero nadie me dijo a mí que debía perder mis curvas para ser atractiva. Bueno, realmente, nadie me dijo que tenía que ser atractiva para nadie. Con el tiempo, me he convencido de que basta ser atractiva para una misma, porque a quién vas a querer más que a la persona que vas a tener que ver cada día de tu vida quieras o no. No me idolatro. No me casaría conmigo misma, porque me acabaría odiando. Tendría que reconocer mis defectos. Y eso, sí que no. Que los tengo, sí. Que sé cuáles son, sí. Que voy a reconocerlos ante el mundo, no.  No es porque sea debil, sino por orgullo. Debilidades tengo tantas que he decidido dejar de contarlas. Me gusta más contar virtudes. Tengo contabilizadas unas diez. He dejado de mirarme en el espejo. Acabo de convencerme de que no me quiero cambiar.


“Cuesta mucho ser auténtica, 
y en estas cosas no hay que ser rácana,
porque una es más auténtica cuanto más se
parece a lo que ha soñado de sí misma.”
 Todo sobre mi madre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario