Mis palabras te quedan grandes,
no se adhieren a tu piel, no son tuyas, resbalan.
Las susurro en tu espalda y se esfuman sin más.
Eres demasiado pequeño y frágil para soportarlas,
porque son fruto de una espera de muchos años,
de imaginarte y darte vueltas y construirte a pedacitos
hasta hacerme con aquello que quiero que seas.
Es el peligro de pretender que una cerilla seque el mar,
o de esperar que no sea el amor quien me destruya.
Sigo buscando palabras para definirte, créeme,
pero no te alcanzan por mucho que lo intente.
Porque no es perfección lo que en ti creé,
sino la imperfección perfecta llena de recovecos,
infestada de puertas que se abren para cerrarse,
inundada con dudas y preguntas curiosas;
repleta de carcajadas y extraños horizontes.
He conseguido un espacio a medida para ti,
y ni siquiera sé a quién hablo, ni para qué.
Juego y me convenzo de que sí,
de que eres corpóreo y lleno de vitalidad latente.
Y no te llego y tú no llegas;
y entonces desespero.
No hay comentarios:
Publicar un comentario